A cien años de la ocupación de 1916

POR RAFAEL CHALJUB MEJÍA

En este 2016 se cumplirán cien años de la primera ocupación militar norteamericana contra nuestro país. Año complicado e intenso por ser electoral, pero hay que sacar el tiempo para conmemorar aquel hecho en forma provechosa.

Dicen algunos que nación, patria y soberanía resultan ya obsoletas, y ante prédicas liquidacionistas como esa se impone la labor de educación en los valores que le dan vida a la identidad, el patriotismo y la dignidad nacional que tan elevadas mantuvieron los hombres y mujeres de la resistencia a los invasores.

Ahí está la historia y hay que revivirla, sumergirse en ella y aprender de sus lecciones. Sin descifrar los códigos del pasado no podremos descifrar los códigos del presente, dijo, palabras más o menos, el comandante Hugo Chávez. Ojalá se examinen las experiencias derivadas de la aludida ocupación, muchas de cuyas lecciones tienen plenas vigencia y utilidad para los dominicanos del presente.

Sería bueno analizar cómo un endeudamiento irresponsable y la firma de la Convención del 8 de febrero de1907, entre otros pactos indignos, sirvieron de pretexto para la ocupación; de cómo las ambiciones internas y las pugnas del partido jimenista en el poder contribuyeron a la pérdida de la soberanía; de gran valor resultaría resaltar la dignidad con que el presidente don Juan Isidro Jimenes renunció mediante su proclama del 7 de mayo de 1916; rememorar igualmente la violencia y el terror desatados por los invasores desde que el 29 de noviembre la República fue puesta en estado de ocupación militar, y “sometida al Gobierno Militar y al ejercicio de la Ley Militar aplicable a tal ocupación”.

La resistencia armada, la lucha cívica de los nacionalistas, las denuncias internacionales, entre otras cosas, serían materias a estudiar en esta jornada de educación patriótica. Y otra lección digna de ser asimilada para las fuerzas progresistas del presente:

La ocupación duró ocho años y modificó el país. Ante esa realidad el viejo partidismo era anacrónico; era indispensable una renovación política, el movimiento nacionalista, considerado como lo nuevo y progresista, naufragó en las aguas turbias de su división interna, triunfó el pasado con Horacio Vásquez en 1924, reapareció el fantasma de la reelección en 1930 y como ese pasado no podía seguir y el movimiento nacionalista no pudo hacerla, la renovación vino pero de forma trágica, llegó Trujillo y “entró el mar”.

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