Apuntes del San Juan de los ’80 y Génesis del Feminismo Pueblerino

Por Rubén Moreta 
Confieso que los jóvenes sanjuaneros de finales de los años setenta y principio de los ochenta, asiduamente pasábamos por la céntrica calle 16 de agosto casi esquina Colón, bien temprano en la mañana y al caer la tarde. Lo hacíamos todos los días, de todos los meses y años, con una sola misión o tarea: contemplar a dos esbeltas mujeres que rociaban la vía con manguera, vestidas con pantalones cortos, muy ceñidos a sus esculturales extremidades y con blusas de escaso revestimiento abdominal.   
Eran exiguas telas en dos cuerpos de hechura inmejorable e imagen de ángeles.  Confieso que, al pasar por dicha calle del apacible San Juan del siglo pasado, todos los varones mirábamos las zancas de estas espigadas féminas, porque no existían en el mundo otras extremidades mejor definidas, perfectamente torneadas y singularmente atractivas que las de ellas.   
Verlas en su faena producía un colirio visual.  Confieso que estando solo en mis noches, meditaba sobre esas llamativas piernas, y divagaba interiormente por qué se atrevían a exhibirlas tan libremente, si eran muchachas “ricas”.  Creía que le podían hacer “mal de ojo” o que algún extasiado conductor -de los pocos que transitaban en la ciudad-, podía perder el control del vehículo, embestirlas y dañarle su encanto seductor.   
Confieso que pensaba que esas piernas habían sido un regalo especial de los Dioses, y que ninguna otra mujer podía tener igual medio de sustento corporal.   Es más, fui muchas veces a los cines locales (Antonieta, Aquiles, Romano y Alba Mirian), tratando de ver en una película alguna artista que exhibiera unas piernas como las que poseían Ada y Maruca Ramírez, pero no las encontré. 
Ada y Maruca y la exposición sin tapujos cada mañana y cada tarde de sus agraciadas extremidades, representaron para San Juan en los años ochenta una revolucionaria forma de vestir y actuar, desafiando los patrones vigentes de una sociedad encerrada no solo entre montañas, sino en una moral tradicional, que se resistía a abrirse y participar del destape cultural de los años ochenta, en áreas como la moda, la música, los gustos, las expectativas de la juventud, y un largo etcétera. 
¿Acaso era necesario limpiar con agua de manguera dicha casa y el frontal vial dos veces al día, o ese era su escaparate para exhibirse, estrujándonos a todos y todas sus singulares dotes anatómicos y estéticos, para que las otras jóvenes con parecidos atributos se descubrieran? 
¿O esta exhibición de Ada y Maruca eran una forma de destapar murmuraciones o la manera particular de ellas burlarse de las bajas pasiones y miserias aldeanas? 
¿O acaso era la forma de Ada y Maruca, en el centro de un apartado pueblo sureño, usando sus diminutos pantalones cada mañana y cada tarde, denunciarnos el principio de la ruptura de una era de complejos, limitaciones, prejuicios y estereotipos hacia la mujer, y el advenimiento de un nuevo paradigma libertario y de derechos para las mujeres? 
¿O acaso denunciaban Ada y Maruca en los ochenta que la belleza femenina debe exhibirse a partir del factor simple, que es el cuerpo mismo, sin oropel? 
Su atípica y provocadora vestimenta era –quizás- un desafío a la pseudo-moral e hipocresía pueblerina. 
Las mujeres de San Juan y del mundo de hoy, deben agradecer y reconocer que fueron Ada y Maruca las pioneras del estilo libre, cosmopolita, desafiante y vanguardista de vestir como visten las féminas de hoy. 
Todo este destape comenzó-insisto- en los años ochenta en la 16 de agosto casi esquina Colón, y todavía Ada y Maruca siguen rociando agua con manguera a su casa y al frontal vial, con pantalones cortos y blusa de frescor, pero ya, menos ceñidos. 
El autor es Profesor UASD. 

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