La Muerte de Doña Fina de los Santos

Rubén Moreta 
Falleció este jueves 12 de agosto, Doña Elvira de los Santos, alias Fina, a la edad de noventa y cinco años, una mujer trabajadora, ejemplo de laboriosidad.   
Rompí mi confinamiento para acudir al cementerio municipal a despedir a ese templo de mi barrio Manoguayabo.  Paz a su alma.  En 2014, yo escribí una semblanza sobre esa querida y respetada vecina, que vuelvo a reproducir: 
Doña Fina, Su Ventorrillo y Arepas 
En el populoso sector de Manoguayabo, en la parte sur de la ciudad de San Juan de la Maguana, hay una mujer hecha de una particular aleación de hierro y acero.  Ella se ha encargado en la práctica de pulverizar la hipótesis sexista de que los hombres son más laboriosos que las mujeres, porque no hay un solo hombre que haya trabajado más que ella a sus 89 años. 
Se trata de Doña Elvira de los Santos, alias Fina, mujer de escasa anatomía, pero de un carácter fiero, quien con su ventorrillo barrial levantó dignamente su familia. 
Además, Doña Fina, como buena mujer sanjuanera, era especialista en la elaboración de arepas (con sal y dulce).  Su casa, donde operaba su ventorrillo, en la galería y la sala era un lugar obligado de los muchachos de los años ochenta de Manoguayabo –que era un barrio en construcción en esa época- para ir a comer en horas de la noche “arepa con guineos maduros” (vaya combinación). 
Los que iban en la mañana, comían Arepa con Aguacate.  Pero, en fin, todos comíamos arepa hecha por Doña Fina, a veces hasta en el medio día, y les aseguro que en horario meridiano no era de postre. 
Doña Fina era dueña de un habla revestida de descargas y respuestas incisivas.  Sabía dar con dureza “pelas de lenguas” a cualquier marchante/a  atrevido/a. 
Casi nunca se sabía nuestros nombres, pero tenía una magistral forma de identificarnos por nuestros padres y madres, que eran sus vecinos: el hijo de Indo (José Reyes), el hijo de Egla (Johnny Valenzuela), el hijo de Doña Flor (Ángel -Angito- Mateo EPD), los hijos de Cadín (Carlitos y Misito Landa) o el hijo de Amancia (ese soy yo). 
Para nosotros, la casa de Doña Fina era una vivienda acogedora y alegre, a pesar del rostro adusto y hablar a veces ríspido de ella, cuando alguien la molestaba.  Es que en dichas visitas teníamos un plus: las carcajadas de su hija Pochonón, que nos hacían reír de su risa sin igual. 
Doña Fina se levantaba muy temprano para ir al mercado de la ciudad a abastecerse, para ya a las ocho o las nueve de la mañana tener surtido su ventorrillo y revenderle al barrio los productos alimenticios de consumo diario: ajíes, verdecito, cebolla, cebollín, ensaladas, víveres (yuca, plátano, guineos, rulos, etc).  
Doña Fina con su ventorrillo y vendiendo arepa y a veces helados caseros, crio a sus cinco hijos (Rosa, Dolores, Juan, Otilio (mi contemporáneo y gran amigo) y la eternamente sonriente Pochonón. 
Doña Fina fue ejemplo de trabajo, nobleza y rectitud.  Murió ayer 12 de agosto pasadas las once de la mañana.  A las cinco de la tarde la enterramos con gran tristeza. 
El autor es Profesor UASD.  

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