ARTICULO: El ego en la función pública: cuando la vanidad desplaza la acción.


POR: MERCEDES ROA,M.A

En la política, el verdadero liderazgo no se mide por la cantidad de discursos bien pronunciados, ni por las fotografías publicadas en todas las redes sociales, ni por el número de elogios que recibe este funcionario, ni por la cantidad de obras ejecutadas. El liderazgo se demuestra con resultados, con capacidad de escuchar, con humildad para corregir errores y, sobre todo, con acciones que mejoren la vida de la gente sabiendo escuchar y que cuando se te necesite estes hay.

Sin embargo, en muchos espacios de la administración pública sea gubernamental o municipal, se ha instalado una peligrosa enfermedad llamada EXCESO DE EGO. Hay funcionarios que terminan creyendo que el cargo les pertenece, que el reconocimiento personal está por encima del compromiso con la ciudadanía y que la imagen importa más que el servicio. Cuando el ego ocupa el primer lugar, el trabajo colectivo desaparece y las soluciones a los problemas quedan relegadas a que terceros pudieran o no ejecutarlas.

El funcionario dominado por el ego suele rodearse de quienes siempre le dan la razón, le rinden pleitesía, rechaza las críticas constructivas y convierte cada iniciativa institucional en una oportunidad para alimentar su ego protagónico. Mientras tanto, las necesidades de las comunidades más vulnerable siguen esperando respuestas concretas, no promesas sin resultados porque quizás no hay nada de su interés en esas zonas.

Los ciudadanos no necesitan autoridades que compitan por aparecer en los titulares; ni autoridades que les vendan sueños, ni autoridades que les den una sonrisa o un abrazo cuando a él o ella les conviene, necesitan servidores públicos capaces de gestionar soluciones para todos sin inclusión.  No basta con inaugurar obras simbólicas o realizar actos protocolares si los problemas fundamentales en las comunidades más vulnerables continúan sin resolverse. La política pierde su esencia cuando se transforma en un escenario para satisfacer ambiciones personales.

La grandeza de un servidor público no consiste en imponer su voluntad, ni en andar con una escolta de lacayos detrás, sino en construir consensos, escuchar a los distintos sectores no de manera ficticia   trabajando con verdadera eficiencia.    La historia demuestra que los líderes más recordados no fueron aquellos que buscaron aplausos permanentes, sino quienes dejaron un legado de obras, instituciones fortalecidas y mejores oportunidades para la población, apoyándose y escuchando a los más vulnerables.

Es momento de recordar que los cargos públicos son temporales, pero las consecuencias y el legado de una buena o una mala gestión permanecen durante muchos años. El ego es pasajero; las acciones transformadoras son las que realmente trascienden.

La ciudadanía tiene el derecho de exigir menos arrogancia y más compromiso, menos confrontación y más capacidad de gestión, menos culto a la personalidad y más vocación de servicio. Porque al final del camino, los pueblos no juzgan a sus gobernantes por la grandeza de su ego, sino por la grandeza de sus obras.

La política necesita funcionarios que entiendan que el poder no es un privilegio para alimentar la vanidad, sino una responsabilidad para servir con honestidad, eficiencia y humildad. Cuando las acciones hablan más fuerte que el ego, la democracia se fortalece y la confianza de la gente vuelve a florecer.

Me atrevo  esta humilde servidora hacer una sugerencia a esos funcionarios  si creen les pueda servir.

El  ego que hoy usted  siente que lo hace invencible, conviene recordarle una verdad que la historia repite una y otra vez: ningún cargo es eterno y ningún poder es infinito. La soberbia puede conseguir aplausos momentáneos, lacayos que le sirven, pero jamás sustituirá el respeto que se gana con trabajo, humildad y resultados.

Escuche más de lo que hablas. Camine sus las comunidades vulnerables antes de posar para las cámaras. Rodéese de personas que se atrevan a decirte la verdad y no de quienes alimentan su vanidad. Recuerde que el pueblo no necesita funcionarios que se crean imprescindibles; necesita servidores públicos que entiendan que fueron elegidos para servir y no para servirse del cargo.

Cuando termine su período, no serán los discursos, las fotografías, ni las obras ejecutadas,  ni los elogios de ocasión los que hablarán por ti. Hablarán las obras que construiste, las vidas que mejoraste y la huella que dejaste en la sociedad.

Porque el ego puede hacerte sentir grande por un momento, pero solo el servicio convierte a una persona en verdaderamente grande para siempre.

Finalmente les dejo esta reflexión inspirada en el pensamiento del Prof. Juan Bosch:

"Cuando el ego se instala en el poder, la razón se silencia, el diálogo desaparece y el servicio al pueblo deja de ser una prioridad. Un verdadero líder no busca ser el más importante; busca ser el más útil."

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